PUNTO DE ENCUENTRO

En 2005 mi esposo y yo tomamos la decisión de mudarnos de la ciudad de México a Toronto, Canadá. La iniciativa de nuestra mudanza era tanto profesional como personal, ya que mi esposo había vivido durante una parte de su infancia en Toronto y yo tuve la oportunidad de presentarme con anterioridad en uno de los festivales de dicha ciudad. No era una decisión fácil de tomar, pero en lo personal sentía un gran impulso de llevar a cabo un gran cambio. Y en efecto, fue un gran cambio, más grande de lo que esperábamos.

En el verano de 2006 llegamos a Toronto con la idea de radicar aquí al menos por unos años. Durante los primeros meses después de nuestra llegada, sufrimos mucho del choque cultural. Todo era diferente. Los supermercados eran gigantes, pero parecían vacíos, pues no tenían nada de lo que comíamos en México. ¿Dónde estaban los nopales, el queso panela, las tortillas de maíz? Las reglas del tráfico eran todo un misterio: en cada esquina teníamos que parar el coche para leer bien los letreros que daban una la lista de horas y fechas en las que no se permitía dar vuelta a la izquierda. Incluso andar a pie requería de toda una nueva gama de recursos. Recuerdo muy bien la primera vez que acepté una invitación de cenar en casa de una amiga canadiense y me dio las instrucciones de cómo llegar a su casa. -Cuando sales del metro, me dijo, sigue dos cuadras hacia el norte y luego das vuelta al este. La casa está allá, en la esquina sureste.- -¿Qué?- me pregunté. ¿Al norte, luego este, la esquina sureste? En México, te dirían algo como, -sigue derecho hasta la esquina donde está el sauce, y luego da vuelta a la derecha hacia la casa con el techo amarillo.- Nadie habla de los puntos cardinales. Parecía que en Canadá para llegar a cualquier lugar uno tiene que llevar una brújula.

Al poco tiempo de nuestra estancia, mi esposo estableció su propia compañía y yo me empecé a relacionar con el ambiente artístico canadiense. Dentro de pocos meses estaba ya tocando con la Ontario Philharmonic, orquesta de la cual sigo siendo parte hasta la fecha. A pesar de que todo iba marchando bien, mi resistencia a adaptarme a Toronto era latente. Pienso que todo migrante debe pasar por algo similar, en niveles diferentes, ya que lleva su tiempo el realmente abrirse a un nuevo lugar. Ahora, viendo en retrospectiva aquélla época la veo como la semilla de un gran crecimiento tanto a nivel personal como profesional.

Otro acontecimiento importante en lo que respecta a dicho crecimiento, fue mi encuentro con Bárbara Croall, compositora, pianista y flautista canadiense. En nuestro primer otoño tuve la oportunidad de asistir a un concierto donde escuché por primera vez la obra Noodin para dos flautas transversas de dicha compositora. Recuerdo que desde el primer sonido hasta el último estuve cautivada por la belleza de la obra y su poderosa invocación al viento invernal de Canadá.

Unos meses después tuve la oportunidad de conocer en persona a Bárbara. A partir de este encuentro empezamos a colaborar juntas en proyectos artísticos los cuales nos han llevado a lo que hoy es PULS, nuestro ensamble musical e interdisciplinario, con el cual hemos tenido la oportunidad de presentarnos en el Glenn Gould Studio de la CBC de Toronto, entre otros lugares. A lo largo de esta colaboración musical hemos incluido aspectos de las culturas indígenas mexicana y canadiense. Bárbara es Ojibwe y su conexión con su cultura es muy profunda y tiene un fuerte impacto en sus creaciones artísticas. Su expresión de su cultura a través de su arte me ha llevado a reflexionar mucho sobre mis propias raíces desde que llegué a Canadá, por lo que ahora tanto nuestro trabajo en conjunto como el mío personal tienen una influencia de la cultura azteca. En este sentido, veo nuestro trabajo como un punto de encuentro entre dos culturas americanas las cuales evocan en nosotras la necesidad de expresar la música a partir de un mundo ancestral donde el sonido es algo sagrado.

Nuestro trabajo creativo como grupo en conjunto con la colaboración de Fides Krucker, cantante y maestra excepcional, y Alejandro Roncería, director y coreógrafo colombiano, nos ha llevado a la creación de Fire, pieza que forma parte de nuestro concierto escénico Four Visions. En dicha pieza es clara la interconexión de las dos culturas indígenas llevadas a la escena de forma musical-escénica. Es un tipo de trabajo que requiere de una gran honestidad de nuestra parte y humildad ante la creación misma. Solo de esta forma la verdadera esencia de la obra puede ser emanada en toda su plenitud.

Definitivamente mi experiencia en Canadá como artista me ha llevado a colaboraciones y creaciones artísticas muy diferentes a lo que estaba acostumbrada como violinista clásica. Han sido experiencias que me han llevado a ver y a experimentar la música desde una perspectiva más amplia y rica. Esto se ha debido no solo a mi experiencia musical en sí sino también al hecho de vivir en un país con costumbres y culturas diferentes. Uno de los aspectos más enriquecedores de la experiencia de vivir aquí ha sido la oportunidad de ver a México “desde afuera”, de reflexionar sobre mi cultura desde otro punto de vista. De esta forma he llegado a valorar más lo maravilloso de mi cultura, y también a reconocer sus limitaciones.

Creo que el vivir en un ambiente diferente a tu país natal es algo que puede ser muy enriquecedor, es solo cuestión de permitir que así sea y de estar abierto a nuevas experiencias de vida.

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Una respuesta a PUNTO DE ENCUENTRO

  1. LUIS DEMETRIO RAMOS OLVERA dijo:

    HOLA PAULINA. ME DÁ MUCHO GUSTO SABER DE TÍ,DE TÚ CRECIMIENTO PROFESIONAL Y COMO SER HUMANO.RECIBE UN CARIÑOSO SALUDO PARA TÍ, LUIS.

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